AMOR INCONSTANTE por Miguel Ávila Cabezas
El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches. (Louis Ferdinand Céline)
En escena se encuentran, de nuevo, ELLA y ÉL. Ambos están sentados en un sofá de dos plazas frente a un televisor eternamente encendido y en permanente silencio.
ELLA: ¿Me quieres?
ÉL: Por supuesto. Fíjate si te quiero que, si no estuvieras aquí conmigo, tendría que inventarte para hacerte mía, solamente mía.
ELLA: ¿Tuya?
ÉL: Mía. De quién si no. (Mirando en derredor.) ¿Acaso hay alguien más aquí?
ELLA: Dicho de esa forma tan rotunda, no; no hay nadie más que no seamos tan sólo tú y yo.
ÉL: Pues eso. Tú y yo juntos. Ya lo dijo el cura cuando nos casamos: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Así que, contigo, pan y cebolla.
ELLA: Ya. Pero es que ahora hay un hombre que sí separa lo que en su momento Dios unió.
ÉL: Muy original. Bromeas, ¿no? ¿A qué viene eso de que ahora hay un hombre? No me estarás diciendo…
ELLA: No es que te esté diciendo, es que te lo acabo de decir: hay un hombre.
ÉL: (Ya corroído por los celos.) ¡¿Qué significa esto que te traes entre manos¡? ¡¿Acaso quieres jugar al ratón y al gato?
ELLA: No te confundas: ni ratón ni gato, ni tampoco tú y yo. No, no estoy jugando a nada que no sea decirte la verdad. Y la verdad es que hay otro hombre.
ÉL: ¡Ah!, ¿sí? ¿Y entonces a qué ha venido la pregunta que me hiciste al principio?
ELLA: No tenía nada de especial. Quería saber si todavía me quieres.
ÉL: Pues claro que te quiero. Ya te di antes la respuesta. ¿Es que acaso pretendes algo más?
ELLA: Ya te lo he dicho.
ÉL: No, perdona. No me lo has dicho todo. En todo caso, me has dicho todo y nada a la vez.
ELLA: Ya salió a relucir el homo cuanticus que todos los hombres lleváis grabado a sangre y fuego en vuestro imaginario. El todo y la nada a vuestro antojo y conveniencia. Hoy, todo. Mañana, nada. ¿Me quieres ahora?
ÉL: (Un punto descolocado.) Me estás tomando el pelo, ¿no? ¿De nuevo me preguntas si te quiero, después de haberme confesado que hay otro hombre? Y, para colmo, me tildas de… de… ¿de qué?
ELLA: (Sonriente.) De homo cuanticus.
ÉL: Eso, de homo cuanticus. ¿Homo cuanticus yo? ¿En qué te basas para calificarme así?
ELLA: Muchas preguntas irrelevantes me estás haciendo, pero ninguna hasta ahora que se centre en el meollo del asunto. Y el meollo está más que claro: hay un hombre. En ningún momento yo he dicho que haya “otro” hombre.
ÉL: No entiendo nada. Si, según tú, hay “un” hombre, y no “otro”, ¿quién puede ser ese hombre? (Mirándola fijamente.) No seré yo el hombre del que hablas.
ELLA: Frío, frío…
ÉL: ¿Frío? Aquí el único hombre que hay soy yo. ¿A dónde quieres ir a parar? ¿Qué pasa? Si no soy yo el hombre del que hablas, ¿quién cojones puede ser el dichoso hombre de marras?
ELLA: Habla bien, que puede haber niños.
ÉL: ¿Niños? ¿Niños aquí? Nosotros no tenemos hijos.
ELLA: Cierto, pero eso no quita que ahí (señala con la mirada al patio de butacas) sí los haya.
ÉL: Venga, menos lobos. Ahí solamente está el vacío.
ELLA: Eso es lo que tú, y muchos como tú, creéis. El vacío no existe. El vacío está lleno.
ÉL: (Contundente a la par que claudicante.) ¡Bueno, se acabó! ¿Me puedes decir de una vez por todas a dónde quieres ir a parar? Si estás aburrida y no te gusta este programa, podemos cambiar de cadena.
ELLA: Pues ahora que lo dices, sí, estoy aburrida y quiero que cambiemos de cadena.
ÉL: Y lo del “otro” hombre en qué queda.
ELLA: De momento en nada. ¿Quieres de una vez por todas cambiar de cadena?
ÉL: ¡Vale, vale! Ya lo hago. (Coge el mando a distancia con el que apunta al patio de butacas, y lo pulsa.) Ya está. Ya he cambiado de cadena. ¿Y ahora qué?
ELLA: Ahora todo y nada. Calla.
ÉL: Vale. Será lo que dices. Me callo.
Cruza la escena la eternidad concentrada en tan sólo unos breves segundos.
ELLA: ¿Me quieres?
ÉL: Por supuesto. Fíjate si te quiero que, si no estuvieras aquí conmigo, tendría que inventarte para hacerte mía, solamente mía.

