DOMINGO DE RAMOS por Miguel Ávila Cabezas
¿Quiénes sois vosotros que no conocéis ni los pájaros, ni la paja, ni los árboles? ¿De dónde habéis venido? (Ismail Kadaré)
En escena se desarrolla el siguiente diálogo entre un castaño de indias (CI.) y un olivo (OL.). Luz blanca fría.
CI.: Te veo hoy muy desmejorado.
OL.: Claro. Es que hoy es Domingo de Ramos.
CI.: Pues vaya. Te han dejado hecho un Cristo.
OL.: Nunca mejor dicho. Cuando no es por una cosa es por otra, pero no pasa un día sin que unos y otros me poden, me vareen, me clareen y me arrebaten sin miramiento alguno lo que es mío y en justicia me corresponde. ¡Estoy más que harto! (Rompe a llorar.)
CI.: No llores, por favor, que me partes el alma. (Silencio. Transcurre ese indefinido tiempo bajo el cual todo se congela.) ¿Has pensado en buscar alguna solución? Lo tuyo no puede continuar así ni un minuto más. Estoy dispuesto a echarte una mano en lo que necesites.
OL.: ¿Una “mano” dices?
CI.: Es una forma de hablar. Mano o rama vienen a significar lo mismo. Lo importante es que no estás solo, que aquí tienes un amigo incondicional que hará todo lo que esté de su mano (digo, de sus ramas) para evitar que te sigan maltratando, vejando, expoliando y acibarando. ¡Ya está bien, hombre! ¡Faltaría más!
OL.: Hombre u olivo estamos en las mismas. La cosa, francamente, siempre pinta muy mal, pero que muy mal. En realidad, no sé qué podrías hacer para que esos (señala con una de sus ramas, la más alargada, al patio de butacas) dejaran de una vez por todas de brearme el cuerpo a zarandeos, descuajes y varazos. Si hubiera nacido castaño como tú, no estaría ahora lamentándome de mi mala suerte.
CI.: Tampoco es tan mala. Date cuenta de que…
OL.: (Interrumpiéndolo.) No me vengas ahora con la típica retahíla del oro líquido y todas las demás zarandajas sobre las propiedades organolépticas de mi fruto. Lo que doy es tan sólo aceitunas, y el resto es únicamente literatura. Además, ¿cómo podrías ayudarme?
CI.: Muy fácil. Sacándote de aquí y llevándote a un lugar seguro.
OL.: ¿Sacándome de aquí dices? Tú deliras. Eso es imposible. (Agita sus ramas en un inútil intento de despegarse del suelo.) ¿No ves que lo único que puedo mover son mis maltrechas ramas? De aquí no me mueve ni Dios.
CI.: Bueno… Eso es mucho decir. Mejor no toquemos el tema no vaya a ser que sea verdad.
OL.: ¿Verdad el qué?
CI.: Pues que sea verdad que Él (con mayúscula) nos puso aquí con un supremo propósito.
OL.: Ya. Ignoro con qué propósito te puso a ti, pero en lo que a mí respecta queda claro que precisamente yo no salgo mejor parado.
CI.: Deja de hacerte la víctima y vayamos al grano. Hay una posibilidad.
OL.: Tú dirás. Desembucha.
CI.: En este preciso instante, el que tú y yo sabemos está completamente bloqueado. No sabe cómo salir del atolladero en el que se encuentra con lo que nos traemos entre manos (o ramas) tú y yo. Le podríamos echar un cable.
OL.: ¿Echar un cable? ¿Auxiliarlo en momento de confusión tan… dramático? No sé cómo.
CI.: Él podría alterar el curso de los acontecimientos. Date cuenta de que es él, y no otro, quien nos escribe, aunque ahora se encuentre más perdido que un pulpo en un garaje.
OL.: Escúchame bien. Para ser franco, considero que tanto tú como él os estáis yendo por las ramas desgranando un tópico tras otro como si en realidad no hubiera argumentos más consistentes que los que poseen las frases hechas y los lugares comunes. Creo que lo mejor es esperar a ver cómo se las apaña el dramaturgo de pacotilla para rematar un engendro tan abyecto como éste.
CI.: (Claudicante.) Tú mismo. Yo lo único que he pretendido ha sido darte consuelo y aliviar tu pesadumbre, pero está claro que tu escepticismo puede más que tu fe. Y la fe, deberías saberlo, mueve montañas.
OL.: ¿Montañas? ¿Montañas? ¿Mueve montañas? ¿Y olivos? ¿Mueve acaso también olivos?
CI.: (Tajante.) ¡Pues sí! ¡También mueve olivos! Y para ello me puedo remitir al episodio del pozo y los cuatro olivos movedizos.
OL.: ¿De qué pozo y olivos me hablas ahora?
CI.: Al episodio de su novela, de su Quijote, en la que le enmendó la plana al inmortal tocayo suyo. ¿No la has leído? Tuvo en su día muy buenas y ajustadas críticas.
OL.: Pues no, no la he leído. Pero, en cualquier caso, si su novela es tan farragosa como el insufrible tostón en el que estamos metidos, preferiría arder con ella y con el resto de sus obras completas en la pira de la sensatez. Así que, por lo que a mí respecta, paso y que salga el sol por Antequera.
CI.: Muy considerado, y tópico, de tu parte. Allá tú con lo tuyo que yo, con lo mío, tengo bastante.
OL.: Ya. Cada cual por su caminito, ¿no?
CI.: Cierto. Cada cual por su caminito.
OL.: Pues si es así, yo me voy por el mío. (Vase.)
CI.: ¡Jesús, José y María! ¡Se ha ido!

