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Reportaje Ramón Martín (Motril Digital)
El baloncesto también tiene noches que suenan a despedida antes incluso del salto inicial. En Granada se respiraba algo así: una mezcla de ruido, nostalgia y resistencia. Como si el Palacio quisiera guardar durante unas horas todo lo que esta temporada le ha ido quitando al Covirán Granada.
El partido terminó 96-109, sí. Pero hubo momentos en los que el marcador pareció secundario. Porque el equipo jugó con esa energía rara que solo aparece cuando ya no quedan demasiadas cosas que proteger y, aun así, uno decide seguir peleando. No hubo cálculo. No hubo miedo. Hubo vértigo.
Granada atacó como quien corre cuesta abajo. A impulsos. A corazón abierto. Howard encontraba espacio donde parecía no existir, Bozic volvía a inventarse puntos desde el desequilibrio y Alibegovic convirtió cada balón dividido en una cuestión personal. Durante muchos minutos el encuentro fue un intercambio salvaje de golpes, sin defensas capaces de domesticar el ritmo. El balón iba y venía como si el partido estuviera ligeramente fuera de control.
Y quizá lo estaba.
Porque Tenerife, incluso sin algunas de sus grandes referencias, demostró esa calma que tienen los equipos acostumbrados a sostenerse cuando todo se acelera. Cada vez que Granada se acercaba, aparecía una respuesta visitante: un triple incómodo, un rebote ofensivo, una transición perfectamente ejecutada. El esfuerzo local era enorme; el desgaste, todavía mayor.
Aun así, hubo un instante precioso en el tercer cuarto. Breve, pero suficiente para despertar algo en la grada. El Covirán se puso por delante y el Palacio explotó con una fuerza emocional difícil de explicar desde fuera. No era solo una remontada. Era la necesidad de aferrarse a algo. A una última alegría. A una última noche sintiendo que todavía pertenecían a ese lugar llamado ACB.
Pero el partido terminó cayendo hacia el lado lógico. Tenerife fue más sólido cuando el cansancio empezó a abrir grietas. Granada volvió a sufrir atrás, volvió a conceder demasiado, volvió a pagar caro cada desconexión. Y el marcador final acabó ampliándose hasta esos trece puntos que resultan más fríos de lo que realmente fue el encuentro.
Luego llegaron los aplausos.
No sonaron como un consuelo. Sonaron como un pacto. La afición entendió que, incluso en medio de una temporada durísima, el equipo jamás dejó de exponerse. Y quizá ahí estuvo el verdadero valor de este Covirán Granada: en seguir compitiendo cuando todo alrededor invitaba a rendirse.