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El Palacio de Deportes de Granada empujó hasta el último segundo. Rugió cuando el equipo se levantó una y otra vez, creyó en la remontada cuando parecía imposible y sostuvo a los suyos incluso cuando la realidad empezaba a golpear con fuerza. Pero ni el corazón ni el orgullo bastaron. El Covirán Granada cayó ante el Barcelona por 98-101 y, con esta derrota, certificó matemáticamente su descenso a Primera FEB.
El final fue tan doloroso como digno
Porque el conjunto de Pablo Pin peleó el partido como si aún quedara una vida extra en juego. Y durante muchos minutos logró que el Barça sintiera incomodidad, ansiedad y hasta miedo a dejar escapar una victoria que parecía tener controlada. Los azulgranas sobrevivieron gracias a su pegada en los momentos decisivos, pero Granada volvió a demostrar algo que no siempre reflejó la clasificación: compitió hasta el límite.
El Barça golpeó primero, aprovechando su mayor profundidad y el talento de hombres como Kevin Punter o Willy Hernangómez. Cada aceleración visitante parecía abrir una grieta definitiva, pero el Covirán siempre encontraba una respuesta. Ahí aparecieron Jassel Pérez, desatado con 26 puntos, Luka Bozic sosteniendo el ritmo ofensivo y un Palacio completamente entregado a la causa.
El tercer cuarto resumió el espíritu de este equipo. Cuando el partido amenazaba con escaparse, Granada reaccionó con un parcial feroz, corriendo, defendiendo y jugando con el alma. El 68-68 al final del periodo hizo creer al pabellón entero en otra noche épica.
Pero la permanencia llevaba semanas caminando por el alambre
Y en el último cuarto apareció la crudeza de la ACB. El Barça encontró acierto exterior, castigó cada pérdida local y abrió un pequeño margen que terminó siendo definitivo. Granada volvió a levantarse, volvió a acercarse y volvió a pelear hasta la última posesión, pero esta vez no hubo milagro.
La bocina final dejó un silencio extraño. No fue un silencio de enfado. Fue el silencio de quien entiende que lo dio todo y aun así no alcanzó.
El descenso del Covirán Granada no puede explicarse únicamente desde una noche. Es la suma de lesiones, partidos escapados por detalles mínimos y una temporada vivida permanentemente al límite. Pero también deja una imagen poderosa: la de un equipo que nunca dejó de competir y una afición que respondió como una de las grandes de la liga incluso en los momentos más difíciles.
Granada pierde la categoría, sí. Pero se marcha de pie… y eso, en el deporte, también tiene valor.