La mañana del miércoles amaneció con un secreto a voces en Granada. No era el calor que ya empieza a anunciar el verano ni el ir y venir de turistas por el centro. Era otra cosa. Era esa impaciencia infantil que cada año despierta la Tarasca y que convierte las calles en una especie de graderío improvisado donde conviven generaciones enteras.