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EL GOLPE por Miguel Ávila Cabezas

La escena representa la entrada principal del Congreso de los Disputados con su frontispicio triunfal y sus dos leones de bronce a ambos lados de la misma. Son las seis de la tarde de un día señalado en rojo y negro en la historia de la democracia. En un estado de evidente excitación, llega el Golpista (G.) que porta una sartén en su mano (derecha, por supuesto) y ostenta en su cabeza el legendario tricornio de charol, aunque un punto ladeado. Cuando se dispone a entrar en el templo de la polarización es frenado por el Ujier (U.)

U.: ¿A dónde va usted?

G.: A dónde va a ser, aquí. ¿No es este el Congreso de los Diputados?

U.: Hable con propiedad: de los Disputados, si no le importa. Y, por cierto, ¿qué viene a hacer aquí?

G.: Pues lo de siempre: a dar un golpe de estado.

U.: (Ríe.) ¿Un golpe de estado? Vaya ingenuidad la suya. No sé por qué se toma la molestia si en este lugar un día sí y el otro también se dan golpes de estado a cascoporro. Si yo le contara… De hecho, ahora mismo se está llevando a cabo el enésimo: por lo visto, los unos quieren aprobar no sé qué ley con la que se pretende aliviar la escasez económica de personas vulnerables y autónomos y los otros se niegan en rotundo porque, para ellos, la mal llamada “justicia social” es un invento del Maligno amén de una cuestión de ladrones y de vagos profesionales. Así que llega usted más tarde que nunca. Si quiere un consejo, vuélvase por donde ha venido y de camino utilice esa sartén para freírse un par de huevos.

G.: (Exasperado.) ¡De eso ni hablar! ¡Yo no me voy de aquí sin haber dado mi golpe de estado!

U.: Mire que es usted recalcitrante. ¿Es que no se lo acabo de decir? ¡Que en este preciso instante ya se está dando un golpe de estado! Esa ley, y otras tantas como ella, no va a salir adelante ni usando los habituales fórceps y ni aún menos llevando a cabo la típica maniobra de Heimlich. ¿Sabe usted cómo es?

G.: No.

U.: (Saca el móvil y consulta la IA.) Muy fácil. Consiste en rodear la cintura de la persona (bueno, del pueblo) desde atrás, colocar un puño cerrado sobre el ombligo y debajo del esternón (o, si se resiste, estamparlo contra la cara) y realizar comprensiones rápidas hacia adentro o hacia arriba. Y todo ello para que expulse la precariedad que se le haya atragantado. No hay más.

G.: Ni menos.

U.: ¿Qué quiere usted decir con eso de “ni menos”?

G.: Pues… francamente no lo sé. Lo he dicho así porque sí, sin ninguna intencionalidad dialéctica.

U.: Para ser golpista se expresa usted con suma precisión.

G.: Hombre, uno tiene sus estudios. No todo va a ser “¡quieto todo el mundo!”, “¡por mis cojones!” o “¡se sienten, coño!”.

U.: Ni que decir tiene que, con golpistas como usted, nuestro país iría mejor de lo que va.

G.: ¿En qué sentido lo dice?

U.: Pues… ahora que me lo pregunta, no lo sé. A mí también se me acaba de ocurrir.

G.: Pues estamos como al principio. Vamos a ver: ¿me deja o no me deja usted pasar? (Mira perentorio, su reloj de pulsera marca Casio.) Son ya las seis y veinte y hasta ahora no he vendido ni siquiera un pimiento.

U.: (Extrañado.) ¿Un pimiento?

G.: Es un modismo. Una forma figurada del habla. Para entendernos, una expresión popular.

U.: ¡Ah! Me hago cargo. Permítame que le haga una pregunta: ¿Aparte de usted, hay alguien más implicado en el intento de golpe? Y digo “intento” porque aún no se ha consumado.

G.: No se lo puedo decir. Es un secreto corporativo.

U.: Vale. No sé… Pero deme alguna pista. Algo que me permita vislumbrar la luz al final del túnel.

G.: De acuerdo. Si quiere usted que juguemos a las adivinanzas, le diré tan solo una palabra: proboscídeo.

U.: ¿Proboscídeo? Eso qué es.

G.: Lo que es y no le digo nada más.

U.: Vale. Lo miraré en el diccionario, aunque tengo para mí que se trata de una metáfora.

G.: Sin duda. Tenga en cuenta que en los planes de la conspiración y sus subsiguientes informes confidenciales la metáfora, a la par que la metonimia y, si me apura, hasta la antanaclasis son recursos imprescindibles para disimular las verdaderas, por nobles, intenciones de un golpista que se precie de tal.

U.: Hombre… Visto de esa forma, yo le dejaría entrar, pero, claro, cuál sería la reacción de los que se encuentran ahí dentro cuando lo vean aparecer esgrimiendo esa sartén en la mano.

G.: No se preocupe. Está todo atado y bien atado. La sartén no deja de ser la metáfora principal. Sin sartén no hay mango, y sin mango no hay ni control ni dominio. No sé si me explico correctamente.

U.: Como un libro abierto.

G.: Entonces, ¿me deja usted pasar?

U.: Visto lo visto y dicho lo dicho, creo que sí. Adelante y que le vaya bien, aunque, ya le digo, los de ahí seguirán estando a la gresca, con usted o sin usted gritando eso de “¡Quieto todo el mundo!”. Como si el mundo se pudiese parar.

G.: Pues nada. Lo dicho. A ver qué se cuece en el hemiciclo. (Entra.)

U.: (Mira a su vez la hora en su infalible reloj marca Casio.) Las seis y veintitrés. Ese va dao. Otro pardillo mamporrero. ¡Cuánto ingenuo hay suelto por el mundo!