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Granada: La inspiración de Ortega y el poder de Roca Rey desbordan un palco cicatero

Por redacción MotrilDigital - 6 de junio de 2026

Reportaje Pauino Martínez Moré (Motril Digital)

Los viernes de feria en Granada tienen algo de liturgia y de promesa. Son tardes que arrastran el eco de gestas pasadas y que invitan a acudir a los tendidos con la esperanza de asistir a uno de esos acontecimientos que alimentan las conversaciones de los aficionados durante años. Y aunque la corrida de este Corpus de 2026 no alcanzó la dimensión de las jornadas históricas, sí dejó materia suficiente para el recuerdo y para seguir creyendo en la grandeza imprevisible del toreo.

Con la Monumental de Frascuelo rebosando ambiente y expectación, fueron Juan Ortega y Roca Rey quienes asumieron el peso de la tarde y acabaron por firmar los capítulos más sobresalientes del festejo. Cada uno desde su concepto, tan diferente como reconocible, pero ambos capaces de emocionar y de conectar con unos tendidos deseosos de paladear el toreo en toda su amplitud.

Ortega volvió a demostrar que pertenece a esa estirpe de toreros que no entienden de concesiones. Su tauromaquia nace del sentimiento y encuentra acomodo en la naturalidad más absoluta. Todo parece brotar sin esfuerzo, como si el tiempo discurriera a otro ritmo cuando tiene la tela en las manos. Hubo aroma de toreo grande y una manera de interpretar cada pasaje que volvió a dejar patente que lo suyo transita por terrenos casi espirituales. Especialmente rotunda fue su actuación frente al quinto, una obra de poso y de perfume que el palco premió con un trofeo insuficiente para lo que había calado en los tendidos.

También salió reforzado Roca Rey, que comparecía después del severo percance sufrido en Sevilla y lo hizo sin la menor reserva. Ni una duda, ni una vacilación. El peruano volvió a exhibir esa mezcla de valor seco, capacidad de mando y ambición desmedida que le ha convertido en figura imprescindible. Sus intervenciones estuvieron presididas por la firmeza y el dominio, pisando terrenos comprometidos y sometiendo las embestidas con autoridad. La faena al sexto levantó definitivamente la temperatura de la plaza y terminó por desatar el entusiasmo de un público entregado a la causa. El premio se antojó escaso para una actuación de tan alto voltaje.

Más discreta resultó la tarde de José María Manzanares. El alicantino dejó destellos de la calidad que atesora y consiguió los momentos de mayor contenido artístico con su segundo enemigo, pero volvió a tropezar con el acero cuando parecía tener abierto el camino del triunfo. Sin terminar de redondear su actuación, quedó inevitablemente eclipsado por el peso y la rotundidad de las faenas de sus compañeros de terna.

Así transcurrió un nuevo viernes de feria en Granada, una de esas tardes que quizá no entren en los libros de la historia, pero que sí encuentran acomodo en la memoria sentimental del aficionado, que salió de la plaza con la sensación de haber asistido a una función de las que dejan poso y justifican por sí solas una tarde de toros.