LA ÚLTIMA ESTACIÓN por Miguel Ávila Cabezas
El tiempo, ese medio transparente en el que los hombres nacen, se mueven y desaparecen sin dejar rastro. (Vasili Grossman)
La acción se desarrolla en una estación de tren perdida en medio de ninguna parte. Es la noche y en el andén se encuentra el único viajero (V.) que lleva consigo la típica maleta.
V.: (Consulta la hora en su reloj de pulsera, marca Casio.) Las doce y media de la noche y el tren lleva ya un retraso de casi dos horas. En fin, paciencia y resignación cristiana. No cabe otra.
Tres horas después…
V.: (Consulta de nuevo la hora.) Las tres y media de la madrugada y sigo esperando. Lo más curioso es que apenas me he dado cuenta del tiempo que ha transcurrido. No sé qué puede haber pasado, pero cinco horas de retraso dan para concebir cualquier tipo de conjetura. Mejor no me precipito y confío en que el tren esté a punto de llegar.
Cinco horas después…
V.: (Mira nuevamente el impasible reloj.) Pues nada. Las ocho y media y estamos como al principio. Esto no es normal. Lo más curioso es que ya tendría que haber amanecido y sin embargo continúa siendo de noche.
Por uno de los laterales de la escena comparece (F.) con el uniforme característico del factor ferroviario. Porta un candil en su mano derecha.
F.: (Llega hasta V. y levanta el candil hasta la altura de sus ojos.) Buenas noches. ¿Qué hace usted aquí?
V.: ¿Buenas noches? Si ya tendría que ser día. ¿Qué sucede? ¿Estoy dentro de un sueño?
F.: Eso lo tendrá que concretar usted. A mí no me compete aclarárselo. En cualquier caso, no ha respondido a mi pregunta. Se la vuelvo a formular: ¿Qué hace usted aquí?
V.: ¿Qué voy a hacer? Algo tan simple como esperar el tren.
F.: ¿El tren? ¿De qué tren habla?
V.: (Insiste en consultar la hora.) Hablo del tren que hace nueve horas tendría que haber llegado a esta estación en donde sigue siendo de noche cuando ya tendría que haber amanecido.
F.: ¿Tren… estación… amanecido? Por aquí no pasa ningún tren dado que esto, en realidad, no es propiamente una estación… de tren.
V.: (Un punto burlón.) Venga, no se quede conmigo. ¿Cómo me puede decir que esto no es una estación de tren? ¿Qué es entonces?
F.: Usted debería saberlo.
V.: (Inquieto.) ¿Que yo debería saberlo? ¿Qué tengo yo que saber que precisamente parece que ignoro?
F.: Creo, caballero, que nos estamos enrocando en un diálogo absurdo, carente de sentido alguno. Ya le he dicho que esto no es una estación de tren. Le he dado claramente a entender que es algo muy distinto.
V.: Ya. Pues yo considero que este lugar en el que nos encontramos es una estación de tren y, si no, ¿qué hace usted con ese uniforme de factor ferroviario? (Dirige su mirada hacia el lugar de las vías situado en el patio de butacas.) ¿Y qué significan por tanto esas vías y traviesas?
F.: Llevo este uniforme por la simple razón de que, en efecto, soy el factor, es decir, el Hacedor, y para más detalle, Supremo, o sea, el Hacedor Supremo. Y respecto a lo que afirma ser vías y traviesas, sí, se trata de vías y traviesas, pero si se hubiera fijado bien se habría dado cuenta de que las vías terminan ahí mismo (señala un punto inconcreto del patio de butacas) y, por tanto, ahí se cortan, es decir, no continúan.
V.: Pues yo no veo nada. Está todo tan oscuro.
F.: (Acercándose al proscenio, ilumina con el candil la parte delantera del patio de butacas.) ¿Lo ve? No hay más vías; así que, sin vías, no puede haber tren.
V.: (Claramente alterado.) ¡¿Que no hay tren, no hay vías, no hay estación?! ¡¿Qué hay entonces?! ¡¿Dónde estamos?! ¡¿Me lo puede decir de una vez por todas?!
F.: Evidentemente, queda claro que es usted incapaz de reconocer el lugar al que ha llegado… se supone que por su propio pie. (Esboza una enigmática sonrisa.) Pues ya que tanto se empeña, se lo diré. Estamos en… un llamémosle no-lugar donde concluye cualquier tipo de circulación, ya sea física, mental, temporal o como quiera usted denominarla. Por tal motivo, tanto usted como yo nos encontramos en un punto de no retorno del que ni se sale ni al que tampoco se llega por la sencilla razón de que usted ha dejado de existir.
V.: (Más que alterado, casi aterrado.) ¿Que he dejado de existir? ¿Cómo que he dejado de existir? Si hubiera dejado de existir, no estaría, aquí y ahora, hablando con usted.
F. Pues precisamente por eso está usted hablando en este instante conmigo, porque ha dejado de existir. Ya no es lo que antes fue. Ahora… finito, over, kaputt.
V.: (Desolado.) ¡No!
F.: Sí. Ya no es. (Alza su mirada al impenetrable cielo del teatro.) ¡Uff! Siempre sucede lo mismo con todo el que, como usted, llega hasta aquí. Me enmaraño en el mismo discursito para convencerlo de aquello que se niega a aceptar por muy manifiesto que parezca. Y, claro, pasa lo que pasa. Igual que hay un principio hay también un final. (Contundente.) ¡Se acabó! ¡Debe partir! ¡Ya!
V.: ¿Partir? ¿Hacia dónde he de partir?
F.: El dónde lo sabrá a su debido tiempo. Bueno… lo de tiempo es tan sólo una figura retórica puesto que ya el tiempo, en sí, no le cuenta a usted para nada. Siga por ahí. (Le indica el fondo de la escena en el que se vislumbra una puerta herrumbrosa en cuya parte superior destaca un lema en hierro forjado: Arbeit macht frei.) ¡Y no se demore, que es para hoy! (Ríe como sólo saben hacerlo los Sumos Hacedores: estentóreamente y con la cara contraída en un gesto grotesco.)

