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Reportaje Paulino Martínez Moré (Motril Digital)
El Onda Beach Festival despidió su edición de 2026 con una noche para el recuerdo, confirmando el extraordinario momento que vive una cita que, año tras año, continúa ganando peso en el calendario musical de la Costa Tropical. El campo de fútbol de Calahonda registró una gran afluencia de público y volvió a convertirse en un espacio de encuentro donde la música fue el mejor nexo de unión entre generaciones.
Miles de asistentes disfrutaron de una velada que transcurrió en un ambiente festivo, familiar y participativo, con un cartel que supo combinar artistas consolidados del panorama nacional con propuestas capaces de mantener el ritmo de una noche que apenas concedió tregua.
La encargada de abrir la noche fue Natalia, quien conquistó al público con un espectáculo fresco, dinámico y lleno de complicidad. La cantante, que cimentó su carrera sobre una sólida preparación en canto y danza antes y después de su paso por Operación Triunfo, mostró una notable madurez artística sin perder la naturalidad que siempre la ha acompañado. Sus canciones despertaron la nostalgia de quienes crecieron con sus primeros éxitos y conectaron también con un público más joven.
A continuación, David Civera volvió a hacer gala de la cercanía y la vitalidad que han definido su carrera desde sus comienzos. Formado en canto y piano antes de dar el salto definitivo a los escenarios, el artista aragonés convirtió su actuación en una auténtica fiesta, enlazando éxitos que el público coreó de principio a fin y demostrando que sus canciones siguen formando parte de la banda sonora de varias generaciones.
La emoción alcanzó uno de sus momentos culminantes con la aparición de Javier Ojeda, la inconfundible voz de Danza Invisible. Sin haber pasado por una formación musical académica, pero dotado de un talento forjado durante décadas sobre los escenarios, volvió a demostrar por qué es uno de los grandes referentes del pop-rock español. Cada una de sus interpretaciones fue recibida con entusiasmo, especialmente cuando sonaron himnos como Sabor de amor, convertidos en un inmenso coro colectivo que puso de manifiesto el cariño que el público sigue profesando a una de las bandas más emblemáticas de los años ochenta.
El grupo granadino Mescalina aportó frescura y personalidad con un repertorio que revisó algunos de los grandes clásicos del pop y del rock nacional, mientras que IAmSensores asumió la responsabilidad de poner el broche final a una noche vibrante, manteniendo la intensidad y el ambiente festivo hasta los últimos compases del festival.
Más allá de las actuaciones, el éxito del Onda Beach Festival volvió a medirse en los pequeños detalles: la respuesta masiva del público, la convivencia de familias, jóvenes y veteranos aficionados a la música, la impecable organización y esa capacidad, cada vez más difícil de encontrar, de reunir sobre un mismo escenario a artistas de distintas épocas sin perder identidad.
Cuando las luces se apagaron y los últimos acordes se fundieron con la brisa del Mediterráneo, quedó la sensación de que Calahonda había vuelto a vivir una de esas noches que permanecen en la memoria colectiva. No solo por la calidad de las actuaciones, sino porque el Onda Beach Festival confirmó que la música en directo sigue siendo una de las mejores formas de compartir emociones. Una edición que bajó el telón con un rotundo éxito y que deja el listón muy alto para su próxima convocatoria.