En los laboratorios donde trabajábamos en este campo, se produjo un hito, cuando Andrew H. Sinclair y colaboradores publicaron el aislamiento y la secuencia de un pequeño fragmento de ADN que codificaba para una proteína reguladora. A la secuencia se le llamó Sry (por sex-determining region Y).
La confirmación de que ese gen era realmente el responsable de que un individuo fuera un macho, vino solo un año después y desde el mismo laboratorio.
Un solo gen decide el sexo en los mamíferos
En un trabajo espléndido y ya clásico, el biólogo australiano Peter Koopman y su equipo lograron algo extraordinario: a partir de ratones cromosómicamente hembras (XX) obtuvieron machos fenotípicos –de sexo masculino según sus genitales internos y externos, la expresión de caracteres sexuales secundarios y el comportamiento–.
Para ello, introdujeron mediante transgénesis el gen Sry en los cigotos–primera célula única que se forma tras la fecundación– XX y esos embriones se desarrollaron como machos.
Lo más asombroso es que estos machos no solo desarrollaron testículos y características físicas masculinas, sino que también mostraban comportamientos reproductivos típicos de los machos.
Este trabajo confirmó de manera definitiva que el gen Sry es suficiente para el desarrollo de los testículos y, por tanto del cuerpo masculino, incluyendo incluso ciertos comportamientos.
El papel de los estímulos externos
Se sabe que, en ciertos peces, un individuo puede ser macho en un contexto “social” y transformarse en hembra si ese contexto cambia. El ejemplo más notorio es el pez payaso. Por otra parte, en ciertos reptiles, la temperatura a la que se incuba el huevo determina el sexo del individuo.

Sin embargo, en mamíferos, como hemos visto, el sexo del individuo lo deciden sus genes y cromosomas y, por tanto, está genéticamente determinado; no depende de estímulos externos. Eso era lo aceptado y así lo hemos enseñado en la universidad durante los últimos 40 años. Era paradigma. Y paradigma fue hasta el pasado 29 de junio de 2025.
En ese año, se publicó un artículo en Nature, de esos llamados a convertirse en un clásico, precisamente por el cambio de paradigma que supone.
Un punto de inflexión
En dicho estudio, Naoki Okashita y colaboradores evidenciaron un aumento sustancial de hierro (Fe++) en gónadas de ratón macho (gónadas XY).
La expresión correcta de los genes es un proceso muy complejo que está regulado a muchos niveles distintos. Okashita y su equipo han mostrado que, en testículos embrionarios (XY), la disminución de la cantidad de hierro (Fe++) acaba provocando un silenciamiento del gen Sry.
Al inhibir la expresión del gen Sry, no se activa la ruta de desarrollo testicular y, reactivamente, se activan los genes de la ruta alternativa, esto es, los genes que controlan el desarrollo ovárico.
Según esto, el desarrollo correcto de la gónada –ovarios o testículos– según su constitución cromosómica es dependiente de los niveles de Fe++. Una emocionante variable nueva que añadir a la ecuación del sexo.


