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EL INVERNADERO por Miguel Ávila Cabezas

La escena, como el mundo que la contiene, es un invernadero, con su plástico, su policarbonato, su ventilación, su descontrol climático, su alta productividad y sus tomates, dos de los cuales (T1. y T2.) establecen entre sí el diálogo que a continuación literalmente se transcribe.

T1.: (Afligido en sí, a T2.) ¿Te has enterado?

T2.: ¿De qué?

T1.: Los han deportado a todos: mujeres, niños, ancianos, hombres… ¡A todos! Ya no queda ninguno.

T2.: Pero eso no puede ser. ¿Cómo los van a deportar a todos? ¿Y a dónde?

T1.: No lo sé. Las noticias llegan muy difuminadas, pero lo que sí es más que cierto es que ellos no están aquí ni lo van a estar nunca más. No es que se hayan ido por voluntad propia, es que los han echado… a todos. Así, sin paliativo alguno.

T2.: (Turbado.) ¿Y qué vamos a hacer ahora? ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Nos van a dejar abandonados en esta mata, hasta que nos pudramos?

T1.: Pues no lo sé. Francamente no lo sé. Supongo que habrán buscado una solución, es decir, gente nueva que los sustituya y haga el trabajo que ellos hacían antes… hasta ayer sin ir más lejos.

T2.: ¿Gente nueva? ¿Quiénes?

T1.: Quiénes van a ser: ellos mismos. ¿Es que puede haber otros?

T2.: Ya. ¿Y tú crees que ellos van a ser capaces de llevar a cabo el trabajo de siembra, de trasplante, de poda, de recolección, de limpieza?

T1.: No queda otra. De lo contrario, estamos vendidos: tú, yo y el resto.

T2.: Por supuesto. No habrá tomates para todos.

T1.: No. Tan sólo habrá tomates para ellos, y serán sus adláteres los que tendrán que recogernos al ritmo alegre de su estupidez.

T2.: Pero… ¿entonces volverá a reír la primavera aquí donde nos encontramos?

T1.: ¿La primavera? ¿De qué primavera hablas? Aquí dentro no hay primavera ni nada que se le parezca. En todo caso, la primavera se encuentra ahí afuera (dirige vanamente su mirada a los límites del invernadero), con ellos y su convicción de que el mundo, sin los otros, está bien hecho.

T2.: Será su mundo, no éste lleno de calor, de humedad, de… de…

T1.: … de falta de ventilación y de miseria. De chabolas también.

T2.: Sí, de chabolas también. Y de explotación. Y de vida en permanente estado de inquietud y pesadumbre.

T1.: Con panorama tan radiante me entran ganas de dimitir de mi condición de tomate. Vámonos.

T2.: (Con vehemencia.) ¡Nunca! ¡Eso significaría claudicar y en el fondo le estaríamos dando la razón a quienes han urdido tamaño despropósito! Además, no tenemos forma de salir de aquí. Desde que éramos semillas, estamos atados y bien atados a esta fría tomatera de ademán impasible.

T1.: Pero algo tendremos que hacer. Yo no quiero acabar pudriéndome de asco y frustración.

T2.: Tenemos que aguantar, aguantar y pisar fuerte. Estoy convencido de que más pronto que tarde a esa panda de iluminados las contradicciones y desatinos en los que llevan incurriendo desde siempre acabarán poniéndolos en su sitio.

T1.: ¿En qué sitio? ¿De qué contradicciones hablas? Ellos lo tienen todo muy claro. Y están convencidos de que Dios, su Gran Valedor, está siempre de su parte, puedan o no recolectarnos.

T2.: Dios, sí, su Dios, pero no el Dios de los tomates.

T1.: ¿El Dios de los tomates? ¡Vaya por Dios! ¡Lo que me faltaba por oír! ¡Ignoraba que hubiera un Dios de los tomates!

T2.: Y de las sandías, los pimientos y hasta de los arándanos y las ciruelas pasas.

T1.: Acabas de precipitarte a la sima del absurdo, con lo que te has cargado de un plumazo el propósito reivindicativo y de denuncia de este diálogo.

T2.: Tiene gracia el asunto. Este diálogo, como tú dices, ya estaba desde el principio viciado de lugares comunes, falsas consignas, frases robadas y oportunismo, mucho oportunismo de dramaturgo cobarde.

T1.: No lo dirás por mí.

T2.: Ni por mí tampoco. Lo digo por quien lo digo y él sabe a quién me refiero.

T1.: ¿Él?

T2.: (Cabreado.) ¡Sí, él, coño! ¿Quién si no?

T1.: Pues vaya.

T2.: Eso digo yo: pues vaya.

T1.: ¿Qué hacemos? ¿Se te ocurre algo?

T2.: Déjame pensar. (Silencio.) Mantengo la idea de que tenemos que aguantar y esperar el momento en que ellos lleguen, los nuevos.

T1.: Los de siempre.

T2.: Sí, los que ganan siempre.

T1.: A los que ganan siempre les reventaba yo en la cara, incluido el dramaturgo cobarde.

T2.: Toma, y yo.