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Kiev, cinco días entre la vida y la guerra

Por redacción MotrilDigital - 27 de julio de 2026Actualizado: 27 de julio de 2026

Una crónica sobre cinco días en Kiev, donde la vida diaria convive con las alarmas, los ataques y la voluntad de una ciudad que continúa adelante

Por Ramón Martín
Delegado de Motril Digital en Granada · Fotógrafo independiente

1. Llegar a una capital que intenta vivir

Llegué a Kiev el viernes 17 de julio por la tarde después de un largo viaje de casi 19 horas en autobús. Atrás quedaban semanas de preparación, de dudas, de conversaciones y de organizar un equipo fotográfico pensando en un escenario que, desde la distancia, suele llegar reducido a imágenes de explosiones, edificios dañados y rostros de preocupación.

Pero la primera imagen de Kiev fue diferente. La capital ucraniana no me recibió como una ciudad detenida. Me encontré una ciudad viva. Era verano. Las terrazas estaban llenas, las calles tenían movimiento y la gente intentaba aprovechar cada momento de tranquilidad. Los comercios siguen abiertos y miles de personas continuaban con sus rutinas.

La sensación inicial era extraña. Había llegado a una ciudad en guerra y, sin embargo, lo primero que veía era una ciudad que se empeñaba en seguir siendo una ciudad. Ese contraste fue una de las primeras lecciones del viaje. La guerra no siempre aparece delante del objetivo de una cámara. No siempre está en una pared destruida o en una imagen espectacular.

A veces está en la manera en la que una persona mira el teléfono cuando recibe una alerta. En la forma en la que alguien sabe dónde refugiarse. En una conversación interrumpida durante unos minutos porque una alarma recuerda que la normalidad puede romperse. Kiev no era la imagen única que muchas veces vemos desde fuera. Era una ciudad donde la vida y la guerra convivían en el mismo espacio. Una ciudad donde la gente seguía quedando con amigos, trabajando, paseando o tomando algo en una terraza, pero sabiendo que esa tranquilidad podía cambiar. Ese fue el primer impacto como fotógrafo. Comprender que antes de fotografiar la destrucción había que fotografiar la vida.

2. Caminar para entender

Mi base durante esos días fue la plaza Maidan y el entorno del Hotel Ucrania. Desde allí comencé a recorrer la ciudad a pie, que es la única forma de entender realmente un lugar. Una capital no se explica solamente por sus edificios más conocidos. Se explica por sus calles, por sus comercios, por sus mercados y por la gente que espera un transporte, que compra, que trabaja o que simplemente camina.

Maidan fue mi punto de referencia diario. Un espacio donde la memoria y el presente conviven constantemente. Un lugar de encuentro, de recuerdo y también de vida cotidiana. Kiev tiene una característica difícil de explicar a quien no ha estado allí: la guerra está presente, pero no ocupa todo. No es una ciudad completamente paralizada. Es una ciudad que ha aprendido a incorporar la incertidumbre.

La guerra aparece en detalles. En los escaparates de los comercios protegidos con bandas de cinta adhesiva en equis, en las conversaciones cotidianas sobre las alertas y en la disciplina de las personas ante las notificaciones de seguridad. También se percibe en el metro. Durante el día es una red de transporte utilizada por miles de personas. Durante una alerta se convierte en un espacio donde muchos ciudadanos buscan protección. Bajar al metro de Kiev es entender que, bajo la superficie, existe otra ciudad. Una ciudad preparada. Una ciudad que sigue funcionando.

Caminar por Kiev fue comprender que una guerra no solamente se fotografía cuando algo ocurre. También se fotografía cuando parece que no ocurre nada. Porque precisamente ahí está una parte esencial de la historia: en cómo las personas continúan viviendo mientras esperan.

3. Los rostros de la retaguardia

El verdadero sentido de este viaje apareció cuando dejé de buscar únicamente escenarios y empecé a mirar a las personas. No quería volver con una colección de imágenes de destrucción. Quería saber quiénes eran las personas que seguían manteniendo en marcha una ciudad sometida a una presión constante. Y fueron las conversaciones las que dieron profundidad a las fotografías.

Conocí a Snizhana y a su generación. Jóvenes que estudian, trabajan, tienen ilusiones y proyectos, pero que han crecido con una realidad que no eligieron. Más allá de los momentos previstos para la cobertura, compartimos conversaciones y paseos. Ahí apareció una visión mucho más cercana de cómo una generación entera intenta continuar adelante. Una de ellas me contó cómo vive las noches de alarma cuando no dispone de un refugio adecuado en su edificio. Cómo permanece pendiente del teléfono y escribe a su familia para decirles que sigue bien. Su padre está combatiendo en el frente desde 2022. Otra joven me habló de su universidad, afectada por la guerra, y de la sensación de que el conflicto le había robado parte de una etapa de su vida. No eran discursos preparados. Eran conversaciones entre personas. Y precisamente por eso tenían valor.

Esa misma trastienda psicológica me la encontré de frente la mañana del sábado 18 de julio al asistir a la representación del festival de teatro novel organizado por el Teatro de Veteranos de Leópolis. La primera obra, titulada “Llora o cocina un borsch”, estaba interpretada por mujeres reales cuyos esposos o parejas son militares en el frente, están desaparecidos en combate o han fallecido. La obra muestra el lado menos visible de la guerra: el trauma de quienes esperan en casa entre la esperanza y el miedo sordo. En una de las escenas, una de las actrices rompe a llorar de forma desconsolada mientras estruja la camiseta de su marido, del que no sabe nada desde hace más de tres semanas. Al final, la tensión se libera cuando le llega un mensaje al móvil con las palabras de que está bien. La obra refleja cómo la guerra cambia la vida cotidiana y la rutina de las familias de los militares, pero los directores buscaban subrayar algo más profundo: la diferencia e incomprensión que se abre en la retaguardia entre los civiles comunes y las familias de los militares, cómo se diferencian sus prioridades, sus opiniones ante el conflicto y su visión del futuro del país.

También encontré esa realidad en los pequeños mercados. En las personas mayores, las babushkas, que siguen atendiendo sus puestos en el suelo, vendiendo apenas unas hortalizas o unas flores sobre cajas de cartón bajo el sol de julio. En quienes mantienen una actividad sencilla que, en realidad, representa mucho más: la voluntad de conservar una vida normal. En esos mercados encontré algunos de los rostros que mejor explican Kiev. Personas que no buscan aparecer. Personas que simplemente siguen.

4. Lukianivka: cuando un lugar fotografiado vuelve a aparecer en las noticias

La tarde de ese mismo sábado 18 de julio, tras la función de teatro, me desplacé al distrito de Lukianivka, un barrio histórico y popular de Kiev. Recorrí sus calles, fotografié el paso de sus tranvías viejos y el trasiego de su mercado tradicional. Vi una escena ordinaria: comerciantes trabajando, vecinos haciendo compras y personas desplazándose. Buscaba capturar la vida cotidiana antes de que una noticia cambiara la percepción del lugar.

Horas después, durante la madrugada del 18 al 19 de julio, el espejismo se rompió. La capital sufrió uno de los ataques balísticos combinados más intensos desde el inicio de la invasión a gran escala. Siguiendo las normas de seguridad, permanecí en el refugio subterráneo del hotel. Bajo tierra, sintiendo la vibración sorda del hormigón, solo queda escuchar, esperar y pensar en lo efímero de lo que acabas de documentar.

Cuando regresé al barrio de Lukianivka el lunes 20 de julio, una vez que las autoridades permitieron el acceso a la zona, la imagen era radicalmente diferente. El mismo escenario que había fotografiado horas antes mostraba ventanas rotas, toneladas de cristales alfombrando el asfalto y fachadas marcadas por el impacto de un ataque contra un punto sin relevancia estratégica real. Pero, de nuevo, apareció la respuesta civil: los vecinos limpiando los portales, los comerciantes recogiendo los cascotes y ordenando los mostradores pringados de hollín para volver a abrir de inmediato. La primera reacción colectiva no fue el abandono; fue limpiar, ordenar y seguir adelante. Lukianivka fue el ejemplo más nítido de cómo la población civil intenta reconstruir la normalidad desde el primer minuto.

5. La memoria de una guerra que empezó antes

Durante mi estancia en Kiev comprendí algo que se repite en muchas conversaciones: para muchos ucranianos la historia de esta guerra no comienza en 2022. Muchos sitúan el inicio de su experiencia en 2014, cuando comenzaron los acontecimientos que cambiaron la realidad del país y que dejaron territorios fuera del control de Ucrania.

Esa memoria está presente en la ciudad. Está en Maidan, en sus espacios de recuerdo, en las miles de pequeñas banderas colocadas como homenaje y en las fotografías de quienes ya no están. Está en las familias que buscan respuestas sobre soldados desaparecidos o prisioneros de guerra que se concentran pacíficamente buscando respuestas. Durante estos días visité lugares donde la memoria no es algo del pasado, sino una parte del presente. También conocí espacios donde se conservan documentos y recuerdos relacionados con combatientes fallecidos durante la guerra. Papeles, objetos y testimonios que ponen rostro a quienes normalmente aparecen reducidos a una cifra. La guerra también es memoria, es la historia personal de cada familia y es la necesidad de conservar nombres y recuerdos para que las personas no desaparezcan detrás de los acontecimientos.

6. Quienes se preparan para defender su país

La cobertura continuó durante las jornadas del lunes 20 y el martes 21 de julio, ampliando el foco hacia quienes sostienen la estructura defensiva y logística desde la retaguardia civil e institucional. Acompañado por apoyos locales, visité una academia militar, las escuelas de formación técnica y espacios donde se instruye contrarreloj a voluntarios civiles de las Fuerzas de Defensa Territorial. Allí conocí el trabajo diario de militares y mandos logísticos, además de la compleja realidad de los veteranos y sus familias, que afrontan secuelas físicas y psicológicas que no siempre son visibles a los ojos de la sociedad.

Esta realidad militarizada de la retaguardia conectaba de forma directa con lo que había presenciado el sábado por la mañana con el festival del Teatro de Veteranos de Leópolis, que organiza estos encuentros en Ucrania y en el extranjero como herramienta para superar el trauma de la guerra y miedos como el de hablar en público. En aquella sesión matinal, la segunda función que presencié fue “Un caso en el servicio de cirugía torácica”, una obra escrita e interpretada por veteranos y militares en activo que transcurre en la cotidianidad de un hospital militar. Los personajes, que encarnan a soldados heridos que perdieron extremidades o sufren problemas de salud como costillas rotas, hablan con una sinceridad aplastante sobre el dolor físico y psicológico.

A pesar de los momentos dramáticos, la obra utiliza el humor para mostrar la vida cotidiana en el hospital. Vemos a un paciente que busca afecto enamorándose del personal médico como balsa de supervivencia emocional, o el conflicto de un personaje que rechaza una operación urgente porque su esposa está segura de que solo la oración puede salvarlo, mientras médicos y compañeros intentan convencerla de dar el permiso definitivo para intervenirlo. El director de la obra concluyó en el coloquio posterior con el público que el objetivo crucial era mostrar a todos la importancia de la empatía, el compromiso y la solidaridad mutua.

Al terminar aquella función matinal, durante el diálogo abierto con los asistentes, pude poner nombres reales, profesiones y biografías exactas a los rostros que acababa de fotografiar, demostrando que no eran actores profesionales, sino la propia retaguardia civil que se prepara y se defiende cuando se presentaban ante nosotros:

Roma sirvió seis años en las Fuerzas Armadas. Mykhailo es un veterano actualmente en proceso de reintegración a la vida civil que trabaja para superar sus miedos, especialmente el miedo a hablar en público. Marko es estudiante y músico, uno de los pocos miembros del elenco que no es militar. Dmytro fue un militar voluntario durante la guerra entre los años 2014 y 2017. Mykyta, el que tuvo el papel cómico de “Abuelita”, combatió durante cuatro años, ahora es veterano y esta era su primera actuación teatral. Viktoriia es una veterana de guerra que sirvió entre 2015 y 2019 y volvió al servicio entre 2022 y 2024; actualmente está de baja por maternidad. El médico es un antiguo director de televisión en la vida civil que no participó directamente en los combates. Kateryna es la presentadora del festival y actualmente es militar en activo. Y el otro actor que hacía de marido de la abuelita antes era artista y periodista, se incorporó como voluntario en 2014 en la región de Lugansk y, desde 2022, sirve en una brigada de las Fuerzas de Defensa Territorial.

7. Volver a Granada

Regresé a Granada con miles de fotografías, vídeos, audios y conversaciones. Pero sobre todo regresé con una sensación difícil de explicar. La dificultad no estaba solamente en seleccionar las imágenes; estaba en asumir que ninguna fotografía puede contener toda una realidad. Una imagen puede mostrar una calle, un rostro, un momento, pero detrás siempre hay una historia mucho más grande.

Al volver a casa comenzó otro trabajo: revisar los archivos RAW, ordenar el material y buscar la manera adecuada de contar lo vivido. Como fotógrafo, sabes que hacer una fotografía es solamente el principio. Después llega la responsabilidad de decidir cómo mostrarla. Durante cinco días en Kiev no encontré solamente una ciudad golpeada por la guerra. Encontré personas. Personas que siguen trabajando, que siguen estudiando, que siguen esperando y que siguen viviendo. Ese será el sentido del trabajo que queda por delante: transformar miles de imágenes en un relato que permita mirar más allá de las noticias. Porque detrás de cada ataque, detrás de cada edificio dañado y detrás de cada cifra hay siempre una historia humana. Y esas historias son las que merecen ser contadas.