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Reportaje José Ruiz (Montoro Fotógrafos Salobreña)
Motril esta anoche uno de esos mil y un rincones de España donde la alegría dejó de caber en las casas y terminó desbordándose por calles, plazas y avenidas. La victoria de la selección española por 2-0 ante Francia, que coloca a España en la gran final del Campeonato del Mundo, encendió una celebración espontánea en la que pequeños y mayores compartieron colores, cánticos y un mismo sentimiento.
Cuando el árbitro señaló el final del encuentro, comenzó otro partido: el de la celebración. Las banderas de España salieron a los balcones y a las calles. Unos las enarbolaban a pie; otros desde sus coches, haciendo sonar el claxon; algunos recorrieron las calles en moto y hasta hubo quien se sumó a la fiesta sobre un patín. Todo valía para expresar una alegría que tenía dos colores: rojo y amarillo.
Durante unas horas, Motril volvió a demostrar que el fútbol posee una capacidad difícilmente comparable para reunir a personas de distintas edades, ideas y formas de entender la vida. Allí no importaban las diferencias políticas, religiosas o ideológicas. No había preguntas sobre el pensamiento de quien celebraba al lado. Solo una camiseta, una bandera y una palabra repetida una y otra vez: España.
Y quizá ahí reside una de las imágenes más poderosas que deja el fútbol cuando la selección alcanza una de sus grandes noches. La bandera española, tantas veces atrapada en debates y diferencias, se convierte en un símbolo compartido, llevado con naturalidad por niños, jóvenes, padres y abuelos. Una bandera ondeada desde una ventanilla, sobre los hombros o levantada al cielo con orgullo y emoción.
Lo que tantas veces no consiguen la política, las ideologías, las religiones o cualquier otra filosofía, durante noventa minutos puede conseguirlo un balón: unir. Hacer que desconocidos se abracen. Que varias generaciones celebren juntas. Que una ciudad entera mire en la misma dirección y comparta una misma ilusión.
Motril fue anoche una pequeña representación de lo que ocurría en muchos otros lugares del país. De norte a sur y de este a oeste, España celebró una victoria que abre las puertas del partido más esperado: la final del Mundial.
La cita será el próximo domingo, a las nueve de la noche. Antes, este miércoles, Inglaterra y Argentina deberán decidir quién será el último obstáculo en el camino de la selección española hacia la gloria.
Hasta entonces, la ilusión seguirá creciendo.
Motril ya espera la final. España entera también.
Y el domingo, cuando vuelva a rodar el balón, millones de personas volverán a reunirse frente a una pantalla con una misma esperanza, un mismo grito y una misma bandera.
España está a un solo partido de tocar el cielo.