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Oksana Hnatyn: proteger las aves mientras caen las bombas

3 Septiembre, 2026

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Oksana Hnatyn: proteger las aves mientras caen las bombas

Por redacción MotrilDigital - 3 de septiembre de 2026

Ramón Martín (Motril Digital).- La investigadora de la Sociedad Ucraniana para la Protección de las Aves, reconocida en Granada con el Premio Francisco Bernis de Conservación Internacional, explica a Motril Digital cómo continúa el trabajo científico en un país en guerra y recuerda que las aves migratorias convierten su protección en una responsabilidad que no entiende de fronteras.

Oksana Hnatyn habla de aves, humedales, sequía y conservación. Pero también de minas, drones, alarmas aéreas, refugios y noches sin dormir. Es difícil separar ambas realidades cuando se trabaja en la protección de la naturaleza en la Ucrania actual.

La investigadora y representante de la Sociedad Ucraniana para la Protección de las Aves (USPB) ha viajado hasta Granada para recoger el Premio Francisco Bernis de Conservación Internacional, un reconocimiento que llega en un momento especialmente duro para una organización que intenta mantener su actividad científica mientras buena parte de la vida cotidiana del país continúa condicionada por la guerra.

Su presencia en Granada permite además mirar el conflicto desde una perspectiva que pocas veces ocupa los titulares: la naturaleza tampoco queda al margen. Las aves continúan criando y migrando, los ecosistemas siguen necesitando protección y las especies que recorren miles de kilómetros obligan a entender que conservar un territorio situado al otro extremo de Europa también puede tener consecuencias mucho más cerca de nosotros.

«Las aves no esperan a que haya paz» Hnatyn dejó clara esa idea durante la recogida del premio.

«La guerra nos ha arrebatado mucho: las posibilidades, la gente. Pero no nos ha quitado la convicción de que la naturaleza sigue importando», afirmó.

Después pronunció probablemente una de las frases que mejor resume el trabajo que están realizando: «Las aves no esperan a que haya paz para reproducirse y migrar. Y nosotros tampoco».

Para la investigadora, el reconocimiento recibido en Granada trasciende el propio galardón. Tiene un componente científico, pero también profundamente humano. Supone saber que quienes siguen trabajando sobre el terreno en Ucrania no han quedado aislados del resto de la comunidad internacional.

«Para mí personalmente y para todos mis colegas de la Sociedad Ucraniana para la Protección de las Aves, estar aquí y recibir un premio de tan alto nivel es de suma importancia», explicó posteriormente a Motril Digital.

La razón aparece una y otra vez durante la conversación: no sentirse solos. Hnatyn reconoce abiertamente la importancia que tiene para ellos la ayuda procedente del exterior. «Sin apoyo internacional, sin nuestros socios, sin toda la ayuda de nuestros colegas del extranjero, no sobreviviremos, creo, porque entonces uno siente que no está solo».

Y hace una distinción especialmente significativa: una cosa es saber que existe solidaridad y otra poder sentirla en el trabajo cotidiano. «No solo saber que no estás solo, sino también sentir que tienes ayuda, que tienes una buena mano amiga para ti y para tu ánimo».

Por eso interpreta el premio recibido en Granada como algo que va más allá de su nombre o del de una organización concreta. «Solo juntos podemos actuar como un equipo, como una sociedad, para proteger la naturaleza para nuestro futuro».

Ciencia entre minas, drones y restricciones

Preguntada por Motril Digital sobre cómo es realmente una jornada de trabajo de su equipo en Ucrania, Hnatyn distingue inmediatamente dos escenarios. El campo y la oficina. Ninguno resulta sencillo.

Las salidas científicas se concentran actualmente en zonas consideradas relativamente seguras. La palabra «relativamente» resulta importante.

«Nuestro trabajo de campo ahora se desarrolla más o menos en regiones seguras, pero nunca se sabe qué nos depara el futuro».

Este año, uno de los territorios incluidos en sus proyectos estaba muy próximo a la frontera con Bielorrusia. Trabajar allí implicaba asumir limitaciones que poco tienen que ver con las habituales dificultades de una investigación ornitológica.

«Era bastante peligroso, porque no había dónde acceder, incluso si era necesario; había minas y drones volando».

Las restricciones de acceso condicionan directamente la investigación y los trabajos de conservación. Hay lugares a los que simplemente no pueden llegar o en los que desarrollar un seguimiento científico se convierte en una tarea enormemente complicada.

Alejarse de la frontera elimina algunos peligros, pero aparecen otros problemas. Y no todos proceden directamente de la guerra.

Una sequía que está borrando hábitats

Hnatyn señala especialmente la fuerte sequía sufrida durante este verano. Muchos ríos se han secado y con ellos desaparecen espacios fundamentales para algunas de las especies sobre las que trabajan.

Entre ellas se encuentra el carricerín cejudo —el ave a la que Hnatyn se refiere durante la entrevista como aquatic warbler—, una especie extraordinariamente amenazada y ligada a unos hábitats muy concretos.

Necesita zonas húmedas con vegetación y unas condiciones de agua muy específicas. Según explica la investigadora, requiere especialmente niveles de agua de alrededor de diez centímetros.

Cuando esos humedales se secan, el problema no consiste únicamente en que el paisaje cambie. Desaparece el lugar que necesita el ave para sobrevivir y reproducirse.

«Este año es absolutamente desfavorable para esta especie», advierte Hnatyn.

La investigadora observa con preocupación cómo se están perdiendo hábitats esenciales y reconoce que la situación «no augura nada bueno para su futuro».

Así, sobre un mismo territorio se acumulan diferentes amenazas. A las consecuencias de la guerra y las dificultades para acceder a determinadas áreas se suma un problema ambiental que afecta a buena parte de Europa: la sequía.

Y las aves continúan intentando completar su ciclo.

De los humedales al refugio antiaéreo

La otra cara del trabajo comienza cuando el equipo regresa a la oficina.

Buena parte de sus compañeros vive y trabaja en Kiev, una ciudad sometida con frecuencia a ataques. Allí una jornada laboral puede quedar interrumpida en cualquier momento por una alarma aérea.

«Nunca se sabe qué esperar en un minuto o una hora», relata.

La dinámica se ha convertido en parte de su rutina: trabajan mientras pueden y, cuando suenan las alarmas, abandonan la oficina y buscan protección.

«En caso de alarma de bomba, nos refugiamos en los búnkeres. A veces es por poco tiempo, a veces es por mucho tiempo».

La noche tampoco garantiza descanso.

«Tampoco hay paz por la noche, porque muchos ataques ocurren de noche».

La guerra se introduce así incluso en las tareas aparentemente más ordinarias de una organización dedicada a estudiar y proteger aves. Ordenadores, informes, proyectos científicos o planificación de trabajos de campo conviven con refugios y alertas.

Hasta ahora, dentro de todo ese escenario, Hnatyn conserva una certeza que expresa con alivio: «Gracias a Dios, todos nuestros compañeros están vivos».

Trabajar con unas pocas horas de electricidad

El invierno añadió todavía otra dificultad.

Los ataques contra las infraestructuras dejaron largos periodos sin suministro eléctrico. Hnatyn recuerda jornadas en las que disponían de electricidad únicamente durante unas horas.

Y no se trataba solamente de mantener funcionando una oficina.

«Era una época de invierno muy frío, así que era muy difícil no solo trabajar, sino también vivir».

Es en ese punto donde vuelve a aparecer durante la conversación la importancia del respaldo internacional. Para Hnatyn, recibir mensajes, colaboración y ayuda de colegas de otros países tiene también un efecto psicológico en quienes continúan trabajando dentro de Ucrania.

«Contar con el apoyo de nuestros colegas, especialmente del extranjero, es muy inspirador».

Las aves tampoco conocen fronteras

La conversación con Motril Digital termina inevitablemente lejos de Ucrania.

Porque muchas de las aves que protegen allí no permanecen toda su vida en el mismo territorio, migran.

Y esa circunstancia convierte la conservación en una enorme cadena geográfica en la que un espacio protegido puede resultar inútil si el siguiente lugar imprescindible para el ave desaparece.

Hnatyn lo explica de manera sencilla: «La mera conservación de las aves en sus hábitats de cría no es suficiente».

Después comienza el viaje. Las aves atraviesan otros países, utilizan diferentes zonas de descanso y alimentación y finalmente alcanzan sus áreas de invernada. En cada etapa aparecen nuevos riesgos.

Por eso proteger una especie migratoria exige mirar mucho más allá del lugar donde nació.

«La conservación y protección, incluso de una pequeña especie, requiere cooperación internacional, porque cada aspecto de la vida de las aves es muy importante».

Es aquí donde aquella conversación mantenida en Granada deja de ser una historia exclusivamente ucraniana.

Las rutas migratorias conectan territorios situados a miles de kilómetros. Las aves que dependen de los humedales europeos necesitan una sucesión de lugares seguros durante desplazamientos que no entienden de fronteras políticas. Andalucía y el sur peninsular forman parte de ese enorme corredor hacia África.

Lo que ocurra en un humedal ucraniano y lo que suceda después en los espacios donde esas aves descansan durante su migración forman parte, en realidad, de la misma historia.

Protegerlas allí y conservar sus lugares de paso aquí son dos partes de un único trabajo.

De Granada a Motril, una misma responsabilidad

Antes de terminar la entrevista, Oksana Hnatyn quiso dirigir unas palabras expresamente a la tierra que estos días la ha acogido. Su agradecimiento nació en Granada, donde recibió el premio, pero el mensaje alcanza también a Motril, a la Costa Tropical y al conjunto de una provincia que forma parte de ese sur europeo por el que pasan y descansan muchas aves en sus largos desplazamientos migratorios.

«Me gustaría agradecerles a todos los ciudadanos de Granada, y también a los de Motril, porque todos formamos una gran familia, cuyas actividades conjuntas pueden dar como resultado el objetivo que todos deseamos».

Sus palabras adquieren aquí un sentido especial. Granada y Motril están a miles de kilómetros de los humedales ucranianos donde trabaja su organización, pero para las aves esa distancia no dibuja mundos separados. Sus rutas enlazan países, espacios naturales y zonas de descanso en una cadena en la que cada territorio cuenta.

Por eso, hablar desde Granada de lo que está ocurriendo con la naturaleza en Ucrania no significa hablar de un problema lejano. La protección de una especie migratoria comienza allí donde cría, continúa en cada lugar en el que se detiene y solo funciona si encuentra condiciones adecuadas durante todo el recorrido hacia sus zonas de invernada.

Hnatyn lo había resumido durante la entrevista: «La conservación y protección, incluso de una pequeña especie, requiere cooperación internacional, porque cada aspecto de la vida de las aves es muy importante».

Y su discurso al recoger el Premio Francisco Bernis dejó otra frase difícil de separar de todo lo anterior: «Las aves no esperan a que haya paz para reproducirse y migrar. Y nosotros tampoco».

Desde Ucrania hasta Granada, desde los lugares donde nacen hasta los territorios que encuentran durante su migración, la conservación forma parte de una misma cadena. Motril y la Costa Tropical también están en ella. Porque proteger la naturaleza allí significa contribuir a que esas aves puedan seguir llegando aquí. Y cuidar nuestros espacios naturales significa permitirles continuar un viaje que empezó miles de kilómetros antes.

Las aves no conocen las fronteras que nosotros dibujamos. Su conservación tampoco debería conocerlas.